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La primera vez que vi a Vicente Alancay él estaba metido hasta las rodillas en aguas salobres en medio de una enorme salina en el norte de Argentina. La foto que tomé de él extrayendo sal fue portada de nuestra Revista de 2003. En ese entonces, yo estaba visitando un proyecto financiado por la Fundación llamada WARMI, una organización de indígenas collas fundada por Rosario Quispe, la esposa de un minero desempleado. Rosario tenía un sueño ambicioso para la puna, elevada y árida meseta donde Argentina y Bolivia se unen bajo las sombras de los Andes: que el pueblo colla viviera dignamente de los frutos de su trabajo.
En 2003, ese sueño parecía lejano para Vicente Alancay. Él trabajaba hasta seis horas por días en el enrarecido aire de la puna, casi a 3.650 metros sobre el nivel del mar. A su alrededor, las deslumbrantes salinas blancas se extendían hasta las montañas en el horizonte. El trabajo de un día producía una tonelada de sal bruta, con la que ganaba unos US$3. Rosario decía que era el trabajo más pesado que ella había conocido.
No obstante, la sal era el único recurso que Vicente y sus vecinos de Cerro Negro tenían, y Rosario estaba convencida de que podría ser lucrativo si ellos también pudiesen procesarla y empaquetarla, a más de extraerla.
Cuando nuevamente vi a Vicente en diciembre de 2005, él y cinco de sus compañeros estaban empacando sal procesada, yodada y purificada en bolsas de un kilo, con la etiqueta de su propia marca —Sal Puna. Ellos la venden por camionada en Tucumán por unos US$40 la tonelada, un aumento enorme en valor agregado. El factor determinante fue un crédito de US$9.000 de la WARMI, que además de su diseminado programa de microcrédito que alcanza a 78 comunidades con pequeños préstamos, también ofrece un programa completo con préstamos más sustanciales y capacitación empresarial para incentivar la creación de negocios en toda la puna.
Vicente y 11 socios utilizaron el crédito para adquirir una máquina procesadora de sal y otros elementos para equipar su pequeña fábrica de Cerro Negro. Todavía sigue la ardua tarea en las salinas, donde los hombres se turnan por semana y viven en iglúes cenicientos fabricados con pesados bloques de sal. El trabajo sigue siendo abrumador. Los penetrantes rayos solares siguen rebotando en las salinas blancas para herir los ojos como puñales cristalinos y el polvo de la sal cubre la piel y los labios. Pero la diferencia, ahora, es que los hombres saben que su trabajo será recompensado con un ingreso decente.
Patrick Breslin es vicepresidente de relaciones externas de la IAF.
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