Estamos viviendo una crisis global histórica, y muchos se preguntan cómo nos recuperaremos y reconstruiremos, especialmente las personas más vulnerables. Este mes compartimos un relato de un ex líder de la IAF, que esperamos que sirva como ejemplo de la resiliencia humana ante los desastres. En esa época, la IAF apenas empezaba a colaborar con donatarios para enfrentar desastres. Hoy en día seguimos usando las estrategias que mejor nos sirvieron, comunicarnos con socios en la comunidad y escuchar sus desafíos e ideas, para determinar la mejor forma de apoyar el esfuerzo de las comunidades ante las crisis, incluyendo la actual pandemia de COVID-19.

En 1979, el huracán David devastó a la República Dominicana, matando a 2,000 personas y dejando a 200,000 personas sin hogar. Steve Vetter, ex Vicepresidente Sénior de la Fundación Interamericana, lo recuerda bien, ya que estaba visitando donatarios en los días previos al huracán.

Recuerdos de la crisis en el Caribe

Los noticieros estaban advirtiendo que este sería un huracán terrible. Las personas corrían frenéticas, tratando de abastecerse de provisiones y cosas. Yo quería quedarme y enfrentar el huracán en la República Dominicana con nuestros donatarios, pero ante la insistencia de los donatarios y colegas —»Tienes que irte de aquí. Solo vete, haz fila si no tienes boleto» tomé el último vuelo antes de la llegada del huracán.

La IAF nunca había sido una organización de respuesta a desastres, y el entonces presidente Bill Dyal preguntó si podríamos elaborar una «estrategia de autoayuda» para que la gente retomara el camino del desarrollo comunitario poco después de un desastre. Ocho días después del huracán recibimos nuestra primera petición de ayuda. Mi supervisor, Bob Mashek, y yo llegamos a la República Dominicana dos días después para participar en una ronda de sesiones para escuchar y evaluar las necesidades de organizaciones locales en los lugares más afectados.

Las personas relataron vívidamente el tremendo rugido, el agudo aullido del viento, la visión de trozos de tubo levantados por el viento y clavados en postes de teléfono, camiones volcados y pedazos grandes de vidrio encajados como lanzas en las palmeras.

Las personas relataron vívidamente el tremendo rugido, el agudo aullido del viento, la visión de trozos de tubo levantados por el viento y clavados en postes de teléfono, camiones volcados y pedazos grandes de vidrio encajados como lanzas en las palmeras.

En muchos lugares el huracán David había borrado por completo el trabajo de los proyectos que habíamos apoyado, por no mencionar las casas, los caminos, las escuelas y las iglesias. El movimiento aleatorio en zigzag del huracán a través de Santo Domingo y siguiendo hasta Cibao y la región pobre y árida del suroeste dejó a muchas personas preguntándose por qué algunas zonas se salvaron y otras fueron devastados. En un panorama antes tropical, verde y frondoso, la oscuridad que dejó David capturaba la imaginación: un panorama lunar desolado, oscuro, de polvo lodoso en el que no se veía ni una hoja verde.

Durante los 50 años del régimen del dictador Rafael Trujillo (1930-1961) y algunos años posteriores, el gobierno central había respondido a los desastres naturales de manera unilateral, desplegando las fuerzas militares para dispensar los bienes necesarios de manera vertical a las comunidades. Solamente el gobierno tenía el poder de convocar a los distintos actores. Pero la IAF había estado estudiando las formas incipientes de organización social que emergieron después del asesinato de Trujillo. A la llegada de David, conocíamos a todos los grupos activos y las organizaciones no gubernamentales (ONG) y cuáles eran sus capacidades, y habíamos cultivado su confianza.

En el vacío que siguió al huracán David, estas organizaciones se dieron cuenta de que tenían que unirse para buscar la innovación social y técnica y formar sociedades público-privadas enfocadas en la reconstrucción. Seguimos la iniciativa de líderes locales como David «Scotty» Luther, quien después fundó el Instituto Dominicano de Desarrollo Integral. Por primera vez, colaboró con otros líderes para convocar a una serie de cumbres nacionales e internacionales en las que representantes del gobierno, la iglesia, las empresas, las ONG y los patrocinadores internacionales se reunieron para coordinar sus respuestas e impulsar la innovación social y tecnológica.

Los líderes de la sociedad civil también nos ayudaron a comprender en términos prácticos las necesidades dominicanas. «El arroz tarda demasiado en germinar… los frijoles se cosecharán más pronto». Rápidamente entregamos aproximadamente $500,000 a cada una de las tres principales ONG con la infraestructura y la presencia nacional para apoyar los programas de reconstrucción.

Las cooperativas impartieron capacitación sobre la cría de animales y distribuyeron cabras, pollos y ganado vacuno, que inmediatamente empezaron a alimentar a las personas con leche y huevos y fueron un éxito constante. En algunas áreas reconocidas por su fertilidad, las fuertes lluvias habían arrastrado la tierra fértil, pero en las regiones de Cibao y Suroeste algunas cooperativas que plantaron cultivos de crecimiento rápido pudieron alimentar a sus comunidades y obtener ingresos de venta a restaurantes de la capital. Nuestros socios donatarios encontraron una tecnología eficaz para filtrado de agua con arena y carbón, así como una alternativa de techos de cemento para reconstruir albergues sencillos. Organizaron «equipos de trabajo» en las que vecinos ayudaba a vecinos a reconstruir. Nos sentimos alentados al ver cómo este desastre natural ayudó a unir a comunidades que antes estaban plagadas de rivalidades y desconfianza.

En evaluaciones de seguimiento, muchos dominicanos expresaron una enorme sensación de logro de que las organizaciones no gubernamentales por fin se habían ganado «un puesto en la mesa», desempeñando un papel clave para promover una respuesta más efectiva ante el desastre.

En evaluaciones de seguimiento, muchos dominicanos expresaron una eno