Idelcin Palma es el menor de 11 hermanos y el único que aún vive en su pueblo natal de Las Lajas, Honduras. A medida que los trabajos agrícolas han ido desapareciendo debido a sequías históricas, sus hermanos se han mudado a las ciudades en búsqueda de empleo. Idelcin Palma Sus padres, que entre los dos suman algunos años de educación formal, se han sacrificado para ayudarle a lograr su objetivo de terminar la escuela primaria.

Gracias a una iniciativa promovida por la IAF y en conjunto con tres organizaciones dirigidas al trabajo con jóvenes, Palma continúa su educación secundaria y espera seguir una carrera más estable. Al hablar de su futuro, dice: «Todo lo bueno requiere trabajo. No se puede tener todo en la vida, pero estoy trabajando para alcanzar mis sueños y ser mejor, para darles a mis padres lo que merecen, porque ellos dan todo por mí».

En un contexto como el de Honduras, en el que la violencia y la pobreza abundan pero no los empleos, ¿cómo pueden encontrar esperanza los jóvenes? Muchos donatarios de la IAF trabajan para brindarsela.

Casi uno de cada tres jóvenes en Honduras no trabajan ni estudian, y menos de uno de cada cuatro termina su educación secundaria. Con pocos motivos para creer que las condiciones económicas, políticas y de seguridad mejorarán en un futuro previsible, muchos jóvenes han emigrado a las ciudades o a otros países desde 2014. Un tercio de los donatarios hondureños trabajan con jóvenes a través de programas que:

  • mantienen a los niños y jóvenes en la escuela
  • ofrecen capacitación vocacional y en el desarrollo de microempresas
  • apoyan al desarrollo de habilidades de liderazgo 
  • construyen redes de organizaciones de jóvenes
  • facilitan el acercamiento entre los jóvenes y sus gobiernos