En mi comunidad las mujeres no tienen derecho a nada…A mis 14 años me querían obligar a casarme…mis hermanos [y] mi papá [me decían] “eres mujer, tienes que obedecer lo que decimos”…Cuando mi papá vio que no me quería casar me dijo “tienes que estar encerrada porque si no te van a ver los muchachos y van a seguir viniendo”…Y me encerró durante 3 años sin salir de mi casa…Fue un infierno para mí.

Esas son las palabras de Patricia Perez Gomez, conocida cómo Paty, una mujer Maya Tsotsil de la comunidad Poconichin cerca de San Cristóbal, Chiapas en México. Cómo muchas otras mujeres, Paty luchó por su libertad, y sigue en la lucha. Actualmente trabaja para la Coalición Indígena de Migrantes de Chiapas, A.C. (CIMICH), una organización con fondos de la IAF que trabaja con comités locales transnacionales en siete municipalidades de Chiapas para ayudar a incorporar migrantes indígenas Tsotsil y Tseltal volviendo a sus comunidades de origen.

De hecho, hay trabajo por hacer. Un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe del 2013 reportó que los 670 grupos indígenas reconocidos en la región incluye por lo menos 23.5 millones de mujeres. Aunque mujeres indígenas tienen las capacidades y potencial para ser agentes de cambio en sus comunidades, el estudio encontró que sufren de discriminación económica, étnica, social y de género que en muchos aspectos las hace vulnerables.

Recién participé en un taller organizado por  JASS Mesoamerica, otra organización donataria de la IAF que analizó diferentes marcos de formación apartando de lo que se conoce como la “educación popular feminista.” La idea es construir un ambiente de armonía e igualdad para todas las personas con un enfoque en la mujer. Participantes incluyeron mujeres representando los Chol, Tseltales y Tsotsiles en México, los K’iche’s, Awakatecas y Q’eqchi’s en Guatemala y Kichwas en Ecuador, también como comunidades en Colombia, la Republica Dominicana, El Salvador y Nicaragua.

Mis padres me decían que una mujer tiene que aprender a lavar, a cocinar, a coser y a servirle a los hombres«

–Vanesa Rodas

Una participante fue Elizabeth Ordoñez, una Maya K’iche’ del municipio de Quetzaltenango en Guatemala quien trabaja con la Asociación No Lucrativa Muj’bab’l yol (MBYL), que apoya radios comunitarias que promueven la conciencia de los derechos de indígenas guatemaltecos. Elizabeth explicó que ella quiere presentarse como un ejemplo porque, “aparte de ser mujer, soy Maya y soy joven. [Mi meta es] crear un enfoque para que las jovencitas de ahora pueden empezar a involucrarse en diferentes proyectos, enterándose de la problemática que vive nuestro país, municipio, [y] pueblo, cómo también nuestra gente.”

El contexto cultural en Latinoamérica siempre ha favorecido a los hombres, entonces para mujeres indígenas viviendo en áreas aisladas es aún más difícil ejercer cambios dentro de sus comunidades. Mujeres después enfrentan el desafío de ejercer cambios sin ser rechazadas. El cambio se considera a veces de forma negativa en estas comunidades porque en el pasado los cambios erradicaron costumbres e idiomas de poblaciones indígenas.

Celerina Ruiz Núñez, una mujer Maya Tsotsil, nació en la comunidad Oventic Chico en el Municipio de San Andrés Larrainzar en Chiapas, México. Hoy en día trabaja con el Centro de Formación y Capacitación para Mujeres, K’inal Antsetik, A.C. (CEFOCAM), una organización indígena dirigida por mujeres que ofrece capacitación en cooperativismo, liderazgo y derechos de las mujeres.

“Desde chiquita…tenía la idea de salir y aprender otras cosas nuevas que no [había] en la comunidad,” ella explicaba. “Ahí me di cuenta que las mujeres tienen derecho a decidir que quieren hacer.” Celerina está actualmente escribiendo su tesis sobre el traje tradicional de los hombres en su comunidad.

Con el apoyo de estas organizaciones, mujeres indígenas han superado la idea que son inferiores a los hombres-una idea integrada en sus costumbres que muchas veces no se cuestiona. Tomamos el caso de Vanessa Rodas, por ejemplo, una mujer Kichwa de una pequeña cantón en la Provincia de Pastaza, Ecuador.

“Desde que yo tenía…siete años siempre he vivido un aislamiento, donde mi padres me decían que no tenía derecho, [ni] libertad para divertirme, para disfrutar, para salir…Mis padres me decían que una mujer tiene que aprender a lavar, a cocinar, a coser y a servirle a los hombres.”

Hoy día, Vanessa trabaja con la Asociación de Mujeres de Juntas Parroquiales Rurales de Ecuador Asociación de Mujeres de Juntas Parroquiales Rurales de Ecuador (AMJUPRE), que proporciona formación para mujeres en liderazgo y desarrollo comunitario.

Fue un privilegio escuchar las historias de triunfo de las mujeres que participaron en el taller, y ver la sinergia producida. Una de las actividades pidió a las participantes compartir sus historias sobre sus “ancestras”-o como las instrucciones del taller indicaron, sobre una “mujer, viva o muerta, joven o vieja, rica o pobre, activista o no…quien nos haya empujado hacia el camino de la igualdad, la justicia y la paz.”

La meta del ejercicio no fue solamente preservar la historia de las “ancestras” quienes inspiraron las mujeres en el taller, sino también para recordarnos que la lucha para los derechos de la mujer no es un concepto nuevo.

Durante los dos días que asistí el taller, sentí que estuve en la presencia de las siguientes “ancestras” cuyas historias serán relatadas por sus descendientes a medida que continúan la lucha por los derechos de la mujer. Son mujeres llenas de sabiduría y pasión- lo cual necesitan, porque, como una historia de Paty nos recuerda, la tarea no es fácil y lejos de haber terminado.

Cuando CIMICH empezó un proyecto de cultivo de café, los hombres amenazaban a las mujeres en la comunidad para que no trabajaran con Paty. Pero ella no desistió.

Le[s] dije [a las mujeres] vamos a trabajar, vamos a valorarnos…Siempre que uno le pregunte [a las mujeres] en qué trabajas, [dicen] “No trabajo en nada, no tengo trabajo,” Pero el trabajo que hacen es mucho…entonces [les dije] si sienten que no trabajan en la casa pues trabajaremos en otro proyecto para que [hagamos] valer nuestros derechos…Muchos de los hombres decían, “cómo van a trabajar si son mujeres…están locas.”

Actualmente el vivero de café tiene una casa sombra de 50 por 50 metros y las mujeres involucradas están exitosamente vendiendo sus productos. El padre de Paty llegó a aceptar la dedicación de su hija a su trabajo y decidió darle un pedazo de terreno cómo herencia, lo cual ella repartió con el grupo de mujeres cómo un símbolo de la lucha compartida.

Fue esa misma lucha compartida lo que unió a todas las mujeres en el taller de JASS Mesoamérica y que asegurará futuros intercambios para continuar transformando el rol de las mujeres en todo Latinoamérica y el Caribe.