La historia y política de Guatemala han sido marcadas por una profunda exclusión social, económica y étnica. Como resultado persisten la desigualdad en la distribución de la riqueza, la concentración en la propiedad de la tierra y los abusos a los derechos humanos. Abordar estos retos requiere de una mayor igualdad y representación política. Pero aunque los pueblos indígenas de Guatemala representan aproximadamente el 60 por ciento de la población, sólo 20 de los 158 asientos en el Congreso son ocupados por representantes indígenas, un poco más del 12 por ciento.

Además, de acuerdo con el reciente informe del Índice de Desarrollo Humano, el 90 por ciento de la población indígena no puede satisfacer sus necesidades básicas de subsistencia. Estos desafíos, han ayudado a generar algunos de los líderes indígenas de renombre a nivel mundial, como Rigoberta Menchú y Álvaro Pop. En algún lugar, dentro de la difusa pero dinámica sociedad civil de Guatemala, los siguientes Menchú o Pop están listos para emerger y guiar a una nueva generación de líderes indígenas que, esperamos, ayudarán a enfrentar los retos sociales, económicos y políticos del país.

Los líderes más notables del movimiento indígena emergieron durante su lucha histórica para apoyar los Acuerdos de Paz de 1996 que terminaron simbólicamente con tres décadas de guerra civil en el país. De esa era viene Menchú, quien ayudó a desarrollar e impulsar estos acuerdos, un rol que le ganó el Premio Nobel en 1992.

Sin embargo, después del triunfo inicial, los movimientos sociales Guatemaltecos se han dividido en grupos que representan los intereses de los indígenas, los campesinos, las mujeres, los jóvenes, y religiosos, entre otros. El efecto neto ha sido dividir y diluir la voz y el poder colectivo de las bases populares de Guatemala.

Gracias al trabajo de héroes de alta visibilidad como Menchú y a la buena voluntad de la comunidad internacional para apoyar la implementación de los Acuerdos de Paz, donantes internacionales se apresuraron a apoyar lo que esperaban sería la transformación de Guatemala en un país democrático y próspero. Pero el gobierno guatemalteco, el sector privado y las organizaciones de la sociedad civil no siempre estuvieron preparados para administrar esos recursos, y no lograron coordinar su amplia gama de planes de acción. E incluso en algunos casos, los beneficiarios siguieron  los intereses de los donantes, y no sus propias prioridades o análisis. Con frecuencia, entre algunos de los líderes de más edad ha prevalecido una atmósfera de desconfianza, no sólo entre los grupos mismos, sino también entre los donantes y el gobierno.

A pesar de lo descrito anteriormente, en años recientes los esfuerzos exitosos para combatir la corrupción y la impunidad han demostrado el poder creciente de las organizaciones locales  y de una ciudadanía proactiva, y su capacidad para influir en la política y el debate público.

El éxito y el poder de estas organizaciones locales surgen de una nueva generación de líderes de la sociedad civil quienes se han formado en medio de esta cultura y dinámica relativamente nuevas en Guatemala. Como representante de la Fundación Interamericana (IAF) para Guatemala, durante casi ocho años y con más de 50 viajes al país he tenido la oportunidad de conocer a talentosos jóvenes guatemaltecos que están creando un nuevo sistema social y que evolucionan y crecen junto con sus movimientos. La estrategia de la IAF en Guatemala se enfoca en promover procesos orgánicos, inclusivos y de largo plazo, llevados a cabo por sus socios beneficiarios a nivel local, para lograr una inclusión social, económica y política. Los líderes de estos grupos locales con frecuencia son jóvenes, nacidos entre fines de la década de los 70 y principios de los 90, y tienen la destreza  de movilizar comunidades usando WhatsApp y Facebook así como por medio de métodos tradicionales, como seminarios y concentraciones. Como nunca antes, estos líderes pueden establecer relaciones tanto dentro como fuera del país, y esto ha ampliado sus perspectivas y pensamiento crítico en la elaboración de sus planes de acción.

Jóvenes líderes indígenas han demostrado un interés particular en aprender a negociar y considerar los beneficios de un desarrollo económico justo. Durante una visita al corazón del territorio Q’eqchi’ de Guatemala, que ha tenido una tremenda expansión de plantaciones de palma africana, ranchos ganaderos, crimen organizado y proyectos de infraestructura, Ernesto Tzi, un líder Q’eqchi’ de entre 30 y 40 años de edad, quien es director de la Asociación Aproba-Sank (SANK), socia de IAF, me dijo: «No estamos en contra del desarrollo económico, pero queremos ser adecuadamente consultados e incluidos en las discusiones que llevan a las decisiones de avanzar estos proyectos, ya que afectan a la vida de la comunidad».

Tzi, quien estudia derecho, puede movilizar fácilmente a una multitud tanto en español como en Q’eqchi’. Ha pasado incontables horas hablando con sus mayores acerca de la apertura al diálogo y a nuevas ideas, subrayando siempre la importancia de defender los territorios indígenas. Pero ese diálogo no ha sido fácil, dijo, debido a la profunda desconfianza existente entre los grupos indígenas, el gobierno y el sector privado, debido a la historia oscura de Guatemala. Esta apertura al diálogo y la disposición a dejar atrás el pasado han producido cambios. SANK se ha aliado con la Asociación de Abogados y Notarios Mayas de Guatemala, otra organización socia de la IAF, para crear una vía legal que permite a las comunidades indígenas administrar sus tierras de acuerdo a sus tradiciones ancestrales, cumpliendo al mismo tiempo con las leyes guatemaltecas e internacionales. Esta práctica protege a los territorios del despojo de tierras y de los invasores, y evita las ventas individuales. Aún más, actualmente el gobierno local apoya algunas de las iniciativas de SANK para salvaguardar los territorios indígenas y estimular la economía local. Específicamente, el gobierno local está financiando concursos que fomentan y premian la diversificación de cultivos, y ha permitido el uso de un lugar  estratégico para el funcionamiento de un mercado campesino. Este proporciona una plataforma en la que más de 600 agricultores locales con parcelas diversificadas, algunos de ellos hasta con 50 variedades diferentes de cultivos, pueden crear relaciones, negociar y vender sus productos directamente a los consumidores.

Los líderes jóvenes están más dispuestos a usar enfoques innovadores para la solución de problemas, a cuestionar a los líderes mayores de movimientos sociales y a los donantes internacionales, y a colaborar con diferentes grupos, ya sean indígenas o no, profesionales o no, así como hombres con mujeres, dejando de lado las diferencias y sospechas del pasado. Alicia López es una Awakateka de poco más de 30 años de edad y es la directora ejecutiva de la Asociación Política de Mujeres Mayas Moloj (MOLOJ), una socia de la IAF que trabaja para incluir a las mujeres indígenas en la democracia del país. Ella reitera este punto y explica porque la agenda de las mujeres guatemaltecas no debe estar dividida por etnias; esta práctica, según ella, retrasa el progreso de la misma. Las mujeres guatemaltecas no sólo deben trabajar juntas, sino también con aliados estratégicos masculinos y con organizaciones internacionales que comprendan sus prioridades y sus necesidades. Bajo el liderazgo de López, diversas organizaciones de la sociedad civil se han unido para apoyar iniciativas tales como lograr la paridad electoral para las mujeres y los indígenas (esta se discutió en el Congreso de Guatemala), e incluso para apoyar públicamente